Nombrar
Pensamiento, así la nombraron sus padres.
A su madre le gustaba la flor, le gustaba la idea de que su hija llevara la primavera precediendo los apellidos familiares.
Cuando la llevaba todavía dentro y la sentía latir tibia en las tardes, la madre imaginaba el rostro no nato, fantaseaba con la promesa de la sonrisa desdentada y la boca aprisionando su pezón nutritivo, pensaba en la melodía que debía tener el nombre, en la articulación delicada que debía configurar palabra, rostro e identidad.
Dos días antes del parto, la madre soñó el alumbramiento. Corría desnuda y preñada, liviana y perfumada a través de un jardín desbordante de pensamientos. El aire tenía el olor de las flores, fragante, aunque ella sabía con certeza que se trataba de flores inodoras. Fue la señal.
Cuando Pensamiento llegó a sus brazos después de 12 debilitantes horas de labor, la madre sabía perfectamente cómo se llamaría su hija, lo supo por su olor.
La niña nació frágil, quebradiza. Los doctores auguraron que sería flor sólo de temporada. La madre guardó silencio y recordó su sueño.
La boca vencida de su hija nunca aprisionó la teta y hasta hoy desprende incontinente la saliva que la madre seca constante y delicadamente.
Sin embargo, cuando le canta despacito en el oído, los ojos de Pensamiento se ponen fijos y alertas, y la madre sabe que hizo bien en nombrarla así, porque ella sólo hace honor a su nombre.


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